Plateadas gotas bañaban los majestuosos árboles que,enviando flores a las nubes,hijas del viento,observaban con admiración la catedral de piedra con corazón de carne siendo visitada por hombres de carne con corazón de piedra y orgullo de arena que se disuelve con el tiempo.
El escritor, sentado a la sombra de los toldos que cobijaban del calor insoportable de las plazas al descubierto,observaba en la plaza de las Gavidias la estatua que le cedía la codiciada inspiración que sostenía en la palma de la mano.Plasmaba sentimientos románticos hacia la ilustre ciudad desapercibida por gran parte de sus habitantes.Pocos la apreciaban como él, éramos pocos.
Como cierta persona dijo, siento no estar a la altura de escribir a ciertas cosas.Entre ellas,SEVILLA.
jueves, 31 de julio de 2008
Suscribirse a:
Entradas (Atom)